PINCELADAS NAVIDEÑAS...mis recuerdos de niñez y juventud

Las fiestas navideñas están en ciernes un año más. Y como diría Mecano: los petardos que borran sonidos de ayer, acaloran el ánimo para aceptar que ya pasó un año más. Esta vez no solo nos toca aceptar que el tiempo sigue pasando de forma implacable sino que además le invitaremos a que lo haga raudo y veloz. Ya lo está anunciando José Mota en su especial de Nochebuena: adiós, dos mil "vete", adiós.

Odiada y amada a partes iguales lo cierto es que la Navidad no deja a nadie indiferente. Luces y sombras se dan en una época de felicidad cuasi obligada, en compañía de los seres queridos (si los tienes), consumismo por doquier y un largo etcétera.  A unos les fascina y llena de alegría y a otros les hunde aún más en la miseria en la que viven. No todos nacen con el pan debajo del brazo en un contexto rodeado de amor, familia y paz. Y aun formando parte del primer grupo, no siempre viviremos estas fiestas de igual forma. Con el paso de los años van cambiando los actores, el escenario. Unos bajan del mismo, otros se suben y las fotografías van sucediéndose en el ir y venir que es la vida. Con la casa vestida para la ocasión me siento esta tarde y cierro los ojos. Las luces del árbol me llevan de viaje atrás en el tiempo colocándome en lugares y momentos inolvidables. Pequeñas pinceladas de felicidad absoluta de una época que ya se me va antojando nostálgica.

El primer recuerdo que tengo me lleva al día uno de enero. Mi hermano y yo estamos pegando brincos en pijama en la terraza acristalada de casa. Llevamos puestos sombreros de cartón, guirnaldas de colores, gafas con nariz y lanzamos cintas y "carnavalines" por todos los rincones mientras jaleamos con los matasuegras. Así pasamos buena parte de la mañana. Mis padres, como cada año en nuestra más tierna infancia, nos han traído bolsas de cotillón para que juguemos en compensación por habernos quedado con los abuelos en Nochevieja. Precisamente una de las anécdotas de mi Navidad es de esa noche en casa de mi abuela Dolores en la calle Alta. Mi abuela tiene siete hijos pero esta vez el que ha venido a despedir el año es el de Madrid, mi tío José. Suenan las campanadas. Intento comer las uvas a la velocidad que mis primos y entonces una se me escurre entre los dedos cayendo y rodando bajo la mesa. Sin pensarlo me bajo de la silla y me tiro al suelo hasta que la encuentro entre las risas del resto. Cuando, feliz, la enseño en alto, mi familia se está dando besos y abrazos. Lo de la mala suerte es mentira...el año nuevo solo trajo cosas buenas. 


Nochevieja años 80. Casa de mis abuelos maternos. De derecha a izquierda: abuelos y tita Paqui, tíos y primos de Madrid. Yo medio escondida, tras la caída de la uva.

Estas imágenes que tengo grabadas debieron ser algo puntual o de los primeros años de mi infancia porque lo normal era que mi hermano y yo acompañásemos a mis padres la noche del 31. Era la más esperada pues se reunían para cenar en algún restaurante del pueblo con sus amigos. Recuerdo perfectamente el Mesón Curro Lucena donde al menos seis parejas con toda la chiquillería llenábamos mesas largas en una algarabía constante mientras escuchábamos y mirábamos de reojo la televisión. Parece que estoy viendo a Martes y Trece con sus empanadillas haciendo la mili ante las carcajadas de todos los presentes. La noche no acababa ahí, qué va. Nuestros padres eran jóvenes y tenían unas ganas inconmensurables de pasarlo bien aunque tuvieran que llevar a cuestas a tanto niño. De ahí bajábamos a la plaza a comer las uvas entre lluvia de confeti, nieve y champán. Y como colofón nos tirábamos hasta bien entrada la madrugada bailando en la discoteca Alarife. Sí, en aquellos tiempos la discoteca del pueblo era un local elegante donde los niños y niñas íbamos con nuestros progenitores a bailar, jugar y bebernos los culillos de los vasos que encontrábamos jajaja. Por tener tenía hasta cuarto oscuro para las parejas. De vez en cuando nos asomábamos entre las cortinas a ver si podíamos descubrir qué diantres pasaba allí adentro y por qué nos regañaban si nos veían. El portero era un hombretón de casi dos metros al que apodaban de forma irónica "Chiquitín" y mi hermano, que ya aventuraba ser un personaje, debatía entre indignado y cabezota que su nombre debería ser "Grandullón" ¡Madre mía qué recuerdos y cuántas cabezadas me habré pegado encima de sus sofás cuando el sueño me vencía! Se estaba muy calentito en esa atmósfera ochentera de humo de tabaco debajo de los chaquetones mientras de fondo se escuchaba eso de "Feliz Navidad, Feliz Navidad, Feliz Navidad, próspero año y felicidad...I wanna wish you a Merry Christmas...

Pero qué sería la Navidad para un niño sin la noche de Reyes... Para mí los preámbulos de la misma tenían casi o más importancia que ella en sí. Siempre he dicho que una parte significativa de mi feliz infancia fue el hecho de que mi abuelo regentara un quiosco de chucherías y que mi tío tuviera una tienda de juguetes. ¡Qué otro sueño mejor podría desear! Una de las cosas que más me gustaba hacer era pasar las horas con mi tío Jesús en el almacén de la casa de la bisabuela María mientras él le ponía el precio a los juguetes. Mi cometido no era otro que sacar paquetes de las cajas y pasearme entre las estanterías visualizando lo que iba a pedir en mi carta a los Reyes. En ella no faltarían Nancys, Barbies...y las muñecas top de la época: July Mamá y Rosaura. Pero por mucho que escribiera carta no, yo no creía en ellos. De hecho, no recuerdo el momento exacto de mi pérdida de la inocencia pero no debió ser ningún drama; mi madre era un verdadero desastre escondiendo los regalos y era demasiado divertido ver cómo se hacía la tonta cuando era bastante obvio que esos pelos lanudos azules que asomaban por encima del armario eran una muñeca chochona jajaja. Pero daba igual, ella se empeñaría en que colocara mis botas en el balcón por la noche y a la mañana siguiente, "misteriosamente", allí estaba la muñeca, helada de frío y con mis botitas puestas en sus pies. ¡¡Qué risa!! Cuando años después vi la estupenda película de los Monty Python, La Vida de Brian, en la escena de la inspección romana en una casa donde había una reunión ilegal, en la que los asistentes se esconden de forma absurda, no pude más que asemejarlo a mis regalos de reyes disparatadamente mimetizados por la casa. 

Muñeca embarazada "July mamá" Juguetes de 1989

La noche de Reyes...mágica noche que, tras la cabalgata, culminaba en el quiosco de mi abuelo Francisco, cariñosamente apodado El Percho, quien con sus ojos bonachones y llenos de ternura me decía tras la ventanilla: Niña, ¿A ver cuántos caramelos has cogido? Entonces, yo me subía al escalón y soltaba mi bolsa medio vacía en el poyete mientras él ya sacaba un puñado de chucherías con las que la llenaba hasta los topes. Cuando se popularizaron los huevos kinder Sorpresa, siempre le estábamos pidiendo. Cómo le tendríamos de harto, que nos regaló a cada pareja de nietos un paquete lleno de huevos para comerlos toda la Navidad. Se me humedecen los ojos recordando esto...cuánto te echo de menos, abuelo. 

Abuelos paternos en el kiosco
Abuelos paternos en el kiosco

En mis veintitantos la bolsa volvería a ser colmada esta vez por mi amigo Pedri (Pedro Cuevas), elegido en aquella cabalgata como Baltasar, quien sin disimulo alguno y descaradamente se pasó todo el recorrido lanzando caramelos a sus dos payas de correrías: ¡¡¡Mari Joooooseeeee!!!


Pedro, Angie y yo (Navidad 2003)

La Navidad era fría en nuestro piso de Montefrío. Eso de la calefacción no se estilaba. Vivíamos hechos a las bajas temperaturas calentando la cama con bolsas de agua caliente y tropecientas mantas que te aplastaban confortablemente. Parece que estoy viendo el vaho de los cristales de la puerta del salón dando buena nota de la diferencia de temperatura que había entre el pasillo y dicha estancia. Es Nochebuena y dentro de la misma mi madre se ha afanado durante todo el día en caldear con la estufa de butano y el brasero bajo las enaguas de la mesa camilla. Tenemos bien aprendido que las puertas siempre tienen que estar cerradas para que no se desperdicie el calor pero a veces hay que echar mano de la bata de boatiné. El piso donde me crié tiene unas vistas espléndidas y desde el balcón podemos ver toda la plaza, el árbol de Navidad que la adorna, la iglesia redonda y escuchamos sin cesar los villancicos que salen de los megáfonos que el Ayuntamiento ha colocado para ambientar las calles y a los vecinos. Una pandereta suena… Mis dos abuelas, la Paca y la Dolores, ya son viudas y han pasado la tarde allí sentadas en el sofá, cada una tan distinta y las dos tan entrañables.  ¡Cómo me gusta tenerlas en casa ese día! Mientras cenamos vemos Telepasión y damos buena cuenta de los canapés que ha hecho mamá o, como les dice la Paca: las cosas chiquitillas. En cambio, si preguntas a la Dolores qué hemos cenado, ella te responderá: de tó y de ná, porque la pobre no encuentra nombre que defina a semejantes manjares modernos. Después del postre me levanto de la mesa y me dispongo a arreglarme para ir a la misa del Gallo. Cojo todos mis cachivaches y me maquillo en el salón ante la mirada de las dos de las que recibo todo tipo de elogios haciendo muy presente eso de "no te hace falta abuela". 

Nochebuena 2004 (la abuela Dolores ya nos había dejado)

La misa del Gallo así como el día de la Familia eran dos acontecimientos a los que no podía faltar ya que tocaba el órgano en el coro de la iglesia. No debía ni quería. La Iglesia era el lugar de reunión de gran parte de la pandilla de mi adolescencia y juventud: Angie, Maripaz, Inma, Susana, Noelia, Mari Carmen, Silvia, Pili, David... Confluíamos en ella muchos jóvenes en unos años grandiosos en los que coincidieron tres párrocos en el pueblo que nos movían de nuestros asientos atrayéndonos con ideas motivadoras, viajes, catequesis, convivencias... Lo pasábamos realmente bien y creo que fue la temporada en la que la Navidad fue vivida en su mayor espíritu religioso. Los momentos en el coro no se reducían a la “actuación” en sí sino que ocupaban de buena forma el tiempo libre de nuestras tardes con los múltiples ensayos. Siempre viví aquellos momentos como si estuviera haciendo algún tipo de obra social. El coro estaba formado por numerosas mujeres de la tercera edad: muchas de ellas solteras; otras, viudas. Esos ratos eran sus momentos de dispersión y acudían con mucha ilusión poniendo todo de su parte por hacerlo bien. Tenían una facilidad estupenda para hacer las segundas voces sin haber estudiado música y me acogieron entre ellas como una especie de “maestra” llevando a cabo las mejoras o consejos que les proponía. Era muy gratificante pasar el tiempo con ellas, escucharlas, hacerlas disfrutar… Recuerdo a Pura Manzano con sus castañuelas, a Keti, Paca… Y a Susi, cómo no, que inseparable de su guitarra, además de ser la mano organizadora de todo y elegir el repertorio, con su gracia innata nos hacía bromas del tipo: para la comunión poned “Devórame otra vez”

Salvando esta faceta, éramos jóvenes como el resto y la Navidad era momento de fiesta, fiesta que se concentraba, tras dejar las panderetas, en nuestro pub favorito: el Rin-Bo. Allí se reunía todo el mundo y era el punto de partida para terminar la noche en cualquiera de las tres discotecas que llegaron a coincidir abiertas en Montefrío: Nevada, Alarife y Saratoga. Eran años de mucho movimiento. Lloviera o tronara las calles del pueblo se llenaban de gente divirtiéndose y deambulando de un lado a otro.

Fiesta de Nochebuena en Mesón Curro Lucena (Navidad 2004)

La Nochevieja era la noche esperada con más ilusión. En mis veinte ya no acompañaba a mis padres de cotillón. Mi hermano y yo preferíamos quedarnos los dos solos en casa y cenar. Mi madre nos dejaba todo preparado. Una vez tuvimos que hacerlo a la luz de las velas y en frío por los constantes apagones de luz que sufría el pueblo. Pero mi mayor preocupación era no poder arreglarme el pelo que yacía chorreando sobre mi espalda. ¡Menudo desastre de noche! Mi querida amiga Angie, mi paya, venía a casa a punto de sonar las campanadas para acompañarnos a comer las uvas. También teníamos por costumbre regalarnos unas bragas rojas; sin ese detalle el año no podía comenzar bien. Después nos bebíamos un chupito del cajón de bebidas de mi padre y nos íbamos por ahí.

Angie y yo (las payas) Año 2004

Para despedir el año se organizaban fiestas en diferentes puntos del pueblo siendo la ubicada en la cochera de “Pedro el largo” en el Paseo, a la que más veces asistimos. Era un espacio bastante reducido y frío que decoraban con guirnaldas y en el que te servías tú mismo las copas para las que previamente habías pagado. El baño consistía en un pequeño habitáculo con un agujero en el suelo y dos huellas de pies señaladas para colocarte lo más cómodamente mientras hacías tus necesidades y te sujetabas el vestido intentando no llenarte de salpicones, jajaja. Las comodidades de la época no hacen nada de justicia a la dicha que experimentábamos. No había asco, angustia, pereza ni frío; solo risas, charlas, bailes y pandillas de amigos que no faltaban a la cita con su pueblo y su gente. En cierta ocasión, nuestro grupo organizó una fiesta propia en una casa antigua de la calle Alta donde dibujé un cartel para prohibir el paso a un figura del pueblo que por aquel entonces se presentaba en las discotecas bailando de forma peculiar y vestido de campo: el Mero


La Nochevieja se hacía demasiado breve para las expectativas creadas y no en pocas ocasiones te quedabas con la sensación de que tampoco era para tanto y que cualquier otro día podrá haber sido más gratificante. Entonces te ibas a casa a dormir entre sonidos del jolgorio creado por los gitanicos en la plaza, donde siempre improvisaban sus fiestas, cantando y palmeando villancicos hasta el amanecer.

Nochevieja en la sede del PSOE (Navidad 2007)




 


















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