CORAZONES DIBUJADOS

Aquí estoy. El día está precioso. El sol ha salido esta mañana tras varias jornadas en las que la babuña ha desdibujado sutilmente el horizonte de la ría, convirtiendo a Pontevedra en un cuadro de Monet. Adoro Galicia y adoro Combarro, lugar donde nací hará diecisiete años el próximo diciembre. Fui de las pequeñas como nos vienen a llamar a todos aquellos que elegimos el último mes del calendario para venir al mundo. Ese día, el que abrí los pulmones para respirar por primera vez, sonaban panxoliñas en las calles y las gaitas se vestían de fiesta. Con cada paso andado mi cumpleaños siempre ha estado adornado con la alegría de la Navidad venidera, el entrañable crepitar de la chimenea y el olor a dulces recién hechos de la casa de la abuela. De ahí que mi carácter sea tan risueño como afable: soy una hija de diciembre. Este año mi cumpleaños será diferente, sin duda.

Aquí estoy. Desde adentro puedo sentir cómo huele a tierra mojada y corre la brisa moviendo las hierbas; haciendo bailar a los árboles. Pienso en ti, Anxo, en tus ojos verdes penetrantes. Te miran y te cautivan al mismo tiempo que te perturban. Hay algo en ese iris que no he visto en el de otras personas. Es sobrecogedor. Esconden desconfianza y timidez a la vez que decisión, obstinación…No sabría decir qué es con exactitud. Pero me han catapultado a un lugar que no esperaba conocer aún… La primera vez que los vi fue en el centro de salud de Poio. Resbalé en la clase de gimnasia y me torcí el tobillo. La profesora me llevó al médico para asegurarse de que no era nada grave y allí estabas tú, sentado, con las piernas abiertas y la cabeza gacha, mirando al suelo, esperando tu turno paciente pero inquieto. Cuando entré en la sala de espera alzaste la vista y la clavaste en mí. Me sentí intimidada, en silencio, no me quitaste ojo de encima hasta que salí de allí algo aliviada por desaparecer de tu campo de visión. Pero al día siguiente allí estabas de nuevo, en la puerta del instituto a las ocho y media de la mañana. Te acercaste a mí, me diste una cajita pequeña metalizada y te fuiste. Dentro había una simple nota con un corazón dibujado y la palabra “chove”, llueve. Me pareció de un romanticismo de otra época. A partir de ese día volviste cada jornada, esta vez a la salida, acompañándome al autobús mientras tejíamos pequeñas conversaciones de acercamiento que cada vez fueron más largas. Yo, una adolescente apocada, responsable y prudente, acabé convirtiendo a un extraño en la causa de mis palpitaciones.


El amor... siempre dicen que el primer amor nunca se olvida. Te nubla el pensamiento y no deja más espacio en tu mente que el complacer a la persona que estimas, el pasar tiempo con ella, todo el tiempo del mundo se hace efímero para un primer amor. Nunca se empacha. Tiempo que he dejado de pasar con mi familia, mis amigas y hasta conmigo misma. Tú lo ocupas todo para mí y yo soy todo para ti. Una fusión indivisible que nos convierte en uno. No hago nada que tú no sepas, ni piso espacio que no conozcas. En la hora de vuelta me acompañas protegiendo mis pasos y acechando con tus ojos cualquier compañía que no consideres adecuada. Protector de lo que es tuyo, para que nadie le haga daño o le moleste. ¿Acaso es a ti a quien le puede hacer quebrar?

El sol brilla en el cielo pero aquí hace frío. Estoy helada con el vestido rojo que compré con mamá para mi fiesta de cumpleaños. Mis rizos se han mojado y van perdiendo forma. Dejé el abrigo en el coche y allí debe estar junto a mis zapatos de tacón. Olvidé que no te gusta que los lleve porque dices que no necesito aparentar ser más alta, que así soy perfecta. No sé, yo me veo favorecida con ellos y con este vestido. Me gusta arreglarme, verme diferente al día a día y también vestirme para ti.  Lo elegí con mucha ilusión y fíjate si me importa lo que piensas y quiero complacerte que lo he estrenado para ti antes de que llegue el día de la celebración.  Mamá estaba muy enfadada la tarde que fuimos a comprarlo. Les mentí para verte y no fui a clase. ¿Recuerdas? Habíamos discutido la noche anterior por WhatsApp y no había podido conciliar el sueño. No puedo estar enfadada contigo. La angustia me va comiendo las entrañas y el estómago se me cierra hasta que consigo verte y calmarte. ¿Por qué no confías en mí? Sé que es pronto, aún no nos conocemos demasiado y dudas de mí, de mis sentimientos. No hay nadie más, él es solo un compañero con quien he tenido que quedar para hacer un trabajo de ciencias. Ni siquiera lo elegí yo, fue la profesora. Yo nunca haría nada que te molestara, pero lo hizo y tus celos traspasaron el teléfono en forma de gritos e insultos difíciles de olvidar. Ahí comenzó todo.

Estoy descalza, quizá lleve andando descalza todo este tiempo sin saberlo, a la intemperie, sin posibilidad de hallar un calzado que me lleve a casa, a la ingenuidad de mi niñez, de donde he salido por la puerta grande con tambores rimbombantes y aplausos del gran público. Desamparada ante lo desconocido. ¿Esto es amor? ¿Cómo saberlo? Solo soy una niña que comienza a vivir, ilusionada ante las primeras mariposas en el estómago, los primeros besos, las manos enlazadas por el puerto…Tú has sido el primero en todo y he confiado tanto en ti… Dolió, ¿sabes? Dolió más el alma que el moratón, porque para eso también has sido el primero. Tuve suerte de que es invierno y pude esconderlo bajo la manga del jersey. Mamá no entró al probador, la mandé a buscar una talla más pequeña. Una tiene sus argucias. No fue más que un arrebato y si ella lo supiera… Ya sabes que te quiero, tuve que protegerte.

Aquí estoy, noto como empiezo a descomponerme bajo esta tierra húmeda que sirve de cimiento a las secuoyas del bosque. Tan cerca de mi hogar y tan lejos. Quiero gritar, pedir auxilio, que me encuentren y me lleven a casa. Pero no puedo moverme, mi cuerpo inerte y magullado está doblado de una forma imposible. Las prisas pudieron contigo y no tomaste el tiempo necesario para ser cuidadoso. Estoy sola. Han pasado cuatro días y no has vuelto. ¿Por qué lo hiciste? ¿No te arrepientes? Dijiste que me querías, que sin mí la vida no tenía sentido pero ahora la que ha perdido todo he sido yo. Me pregunto si esta será mi última morada y este vestido rojo manchado de barro la inútil manta que me tapará en las noches heladas de Galicia, mi tierra. Descalza, con los pies entumecidos, petrificados porque los zapatos de tacón siguen en tu coche, allá donde los dejé cuando entraste en cólera al verme aparecer así vestida. Fue imposible calmarte esta vez. Tu ira se encendió como una mecha que sigue el curso de un rastro de gasolina. Fuiste enlazando tus miedos e inseguridades con sospechas inexistentes, de una cosa a otra ante mi mirada atónita y cada vez más asustada. Después vino un impulso, tus manos en mi garganta no fueron cariñosas, las caricias no duelen. Y entre convulsiones e intentos desesperados por soltarme para tomar aire me fui yendo de este mundo llevándome conmigo una última imagen del mismo: tu rostro.

Aquí estoy. Me llamo Lúa, nacida en Combarro hace dieciséis años. Asesinada por mi novio unas semanas antes de mi cumpleaños. Le quería, puede que aún le quiera… Me pregunto si otro Anxo hubiera sido posible en otro mundo, en otras manos… Se acerca diciembre… Las luces de Navidad ya alumbran las calles de mi pueblo pero hay otras que este año no se encenderán: las de las velas de mi tarta de cumpleaños. Se acerca diciembre, irónicamente hoy brilla el sol. Ya no chove en Combarro ni hay corazones dibujados…

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