NO TODOS LOS SEGUNDOS PARTOS SON MEJORES. MI EXPERIENCIA.

Buenas tardes a todos y todas. Han pasado dos semanas desde que mi pequeña Bebé Pelazo nació y los astros se han alineado para concederme un ratito y poder pasarme por aquí para contaros mi experiencia tan diferente a la vivida con mi otra hija hace siete años. Sírvame como catarsis este relato, como agradecimiento a todos y todas los trabajadores del hospital Vithas de Granada que me atendieron durante esos días y como entretenimiento para aquellas futuras mamás que, como yo los días previos, pasaban las horas leyendo y preparándose con diarios sobre partos.

En primer lugar quiero reseñar que el nacimiento de Eugenia fue, a pesar del miedo con el que me enfrentaba a esa primera vez, una experiencia maravillosa. A tres días de cumplir, un 9 de marzo de 2013, previa expulsión del tapón mucoso, rompí aguas sobre las 7 A.M. y a las 16:37 horas ella estaba en este mundo. Bendito invento la epidural, que me tuvo durmiendo toda la mañana en la sala de dilatación con mis padres y Toni velándome 😂 en unas sillitas a los pies de mi cama mientras devoraban revistas y periódicos. Sí, así son los hospitales privados o lo eran antes del COVID. Estuve tan bien acompañada y tan a gusto que la enfermera me dijo no haber visto nunca a una parturienta tan dormilona. Solo desperté cuando sentí esas ligeras ganas de hacer 💩💩 de las que nos habían hablado en las clases pre-parto. Directa a paritorio y en 20 minutos salía de él tan campante con mi niña en brazos mientras mi familia ponía cara de: ¿Pero esa es mi nieta? ¿Yaaa ha nacidooo?? Recuerdo las caras de mi hermano y mi cuñada que acababan de llegar de Madrid y recibieron la sorpresa justo a tiempo. ¿Esto es el parto? ¿En seriooo? Lo haría otra vez mañana mismo. Esa fue mi conclusión a pesar de que una episiotomía bastante grande (no quisieron decirme el número de puntos cuando pregunté) adornaba mis partes pudientes hasta mi trasero. Pero oye, sarna con gusto no pica y a la hora andaba yo por la habitación como si nada e iba al baño solita. A tan bonito momento sucedieron tres días no menos especiales con aquel dormitorio fantástico desde cuyo amplio ventanal se veía la lluvia anunciando tal vez una Semana Santa pasada por agua. No puedo decir el número de personas que nos visitaron allí pero calculo que alrededor de 50. Abuelos, tíos, primos, amigos, amigos de mis padres, músicos de la banda... Como anécdota diré que en recepción, al recibir la pregunta de dónde estaba la planta de nacimientos, contestaban con el número de mi habitación jajaja. Si es que en mi pueblo somos "mu cumplíos". Todo se resume a una palabra: FELICIDAD.

Este nuevo embarazo lo he vivido desde otra perspectiva muy distinta. Pero centrándome en el parto en sí, siempre creí que todo sería más fácil aún. Mi ginecóloga me anunció bastante pronto que la peque estaba colocada en su sitio y que "se me iba a caer" haciendo referencia a que iba a nacer como los pececillos: escurriéndose. ¡¡Seguro!! En esas andaba yo preocupándome solo por el camino desde Montefrío hasta Granada y en si me daría tiempo a llegar para chutarme la droga por excelencia. Por nada del mundo quería parir sin estar grogui que yo soy muy cagona y el dolor lo llevo muy regular. Así que a un día de salir de cuentas acudimos a nuestra cita en monitores y ecografía. Bebé Pelazo estaba muy tranquilita; nada de contracciones pero todo en perfecto estado: buena oxigenación, placenta no envejecida, bastante líquido amniótico... Vamos, que estaba bien verde la cosa y ya me veía en la semana 41 siguiendo disfrutando de la pisci y los dichosos ardores de estómago que me tenían como mecha prendida a cada hora. Sin embargo, algo cambió en el discurso de la ginecóloga a medida que la eco avanzaba. "¿Cómo te encuentras, cansada? ¿Quieres que te lo induzcamos?" ¡¡¡Para nada!! no quiero forzar nada, contesté. "¿Vivís cerca del hospital? ¿Cómo fue tu primer parto?" Patatín, patatán, que en menos de lo que canta un gallo nos tenía citados para el día siguiente a las 9 para inducción. Alegó que iba a estar de guardia y se quedaba más tranquila ya que nos separaba una hora de camino. "Tú te vienes con tus cosas preparadas, sin prisas, tranquila. En cuanto notes lo más mínimo te chutamos la epidural y para mediodía conoces a tu niña". Sonaba demasiado bien para ser real y yo, que soy un manojo de nervios para todo aquello relacionado con los médicos, empecé a sudar y ponerme en modo "no me aguanta ni Dios". Salí llorando de la consulta y seguí así toda la tarde en el campo con mi familia que no paraba de decirme que todo iba a ir bien. "Si las mujeres parían antes estando cogiendo aceitunas" Ese era mi señor padre dándome ánimo. Llamadme loca, pero tenía un mal rollo metido en el cuerpo que ni os podéis imaginar. ¿Por qué me inducían si ni siquiera había salido de cuentas? ¿Y si me pasaba algo y dejaba a Eugenia huérfana de madre? La pobre mía, que en algo me tenía que parecer, también se echó su llantina contagiada por mi estado y ya sí que parecíamos dos magdalenas ahí abrazadas sorbiendo los mocos. Ya...pensaréis que soy una exagerada pero desde que tengo uso de razón reacciono así a cualquier evento que tenga el más mínimo peligro. De hecho, cuando mis padres viajan en avión la noche de antes no puedo dormir y si la que viajo soy yo, siempre pienso que es mi último día sobre la faz de la Tierra 😐😐🙇🙇. Fobias y manías que tiene una.

A la mañana siguiente había logrado controlarme algo y llegamos al hospital dispuestos a darlo todo en el gran día. Íbamos a conocer a Claudia y por fin iba a asistir al momento tan esperado de que Eugenia conociera a su hermanita. Me moría de ganas de asistir a ese capítulo de la historia. Tras cumplimentar el papeleo en admisión nos dieron una habitación cual hotel y antes de que me diera tiempo a colocar mis cosas ya estaba allí la enfermera con el camisón tan mono de hospital para que dejara mi trasero al aire. Todo fuera: anillos, pendientes, bragas, sujetador...¡¡Hala, viva el cachondeo!! Y me metí en la cama a sabiendas de lo que me esperaba. Ya el inicio fue bastante desagradable. Me pusieron la dichosa vía, pero bueno, a eso ya estaba yo acostumbrada tras la prueba de la glucosa de 4 horas. Toma de tensión, temperatura, prueba del COVID...Y, así sin previo aviso llegó la matrona para anunciar que me iba a romper la bolsa. ¿Sin anestesia??? Me puse tan rígida que tuvo que intentarlo 3 veces y hasta la cuarta, con ayuda de una varita (que no era tan mágica) lo consiguió. ¡¡Qué dolor!! Mal empezamos, pensé. Pero oye, la cosa mejoró y con la oxitocina las contracciones no tardaron en aparecer de forma regular. Me veía tan empoderada tras lo que pensaba había sido lo peor, que me vine arriba y ni me dolían. Aguanté con tranquilidad con intención de dormirme como 7 años atrás pero no me dejaban. Venga a entrar gente a ver qué tal iba la cosa. Decidí ponérmela a eso de media mañana más que nada por acojonada, porque el dolor no lo notaba. Pero una es prevenida y pensó que igual cuando quisiera matar a alguien (el único cercano era Toni) el anestesista no estaría viable. Así que nada, cuando vi entrar a un celador de mi pueblo muy apañado casi se me salta la lagrimilla. ¡Qué alegría que haya montefrieños por todos lados, oye! ¡Seguro que es buena señal y lleva la camilla mejor que nadie! El buen muchacho me bajó a quirófano mientras yo centraba mi atención en que no me fuera a pillar la puerta del ascensor y me partiera en dos. Sí, sí, he visto muchas películas de terror pero el año pasado murió una mujer así en un hospital español por un fallo técnico...ya os he dicho que mi mente me juega malas pasadas. El anestesista argentino hizo bien su trabajo y antes de salir para la habitación las piernas me empezaron a hormiguear. Que se lo digan a Toni que hizo más bíceps y tríceps que en su vida sujetándomelas cuando me hicieron los 200 tactos que vendrían después.

Así estaba la situación. Todo normal y rápido. Sin embargo las cosas empezaron a torcerse pronto. El inexplicable no dolor de las contracciones se explicó cuando en el primer tacto la matrona informó que estaba sólo de 2 cm. ¿Solo?? ¡Jolines, sí que va esto lento! Y esa fue la tónica a lo largo de todo el mediodía, la tarde y el anochecer. No podía creerlo. ¡Si yo era una bestia dilatando! No tardé nada la primera vez y en el legrado que me hicieron en octubre tampoco. A cada hora matrona y ginecóloga se pasaban una tras la otra para hacerme tactos y extrañarse de que la cosa no estaba avanzando. Me pusieron medicación intravenosa para ablandar el cuello del útero tres veces mientras ellas metían manos y sacaban intentando bajar la cabeza de la niña porque estaba muy arriba. Mi misión era empujar cuando me lo decían mientras una de ellas hacía lo propio en mi barriga. El sangrado no tardó en llegar como era normal. Yo no sentía dolor pero la sensación era de que me estaban machacando por dentro. Y los dichosos nervios entraron de nuevo en escena con cada hora que pasaba. No ayudaba escucharlas preguntarse por qué no bajaría la niña para con la presión de su cabeza empezar a dilatar de verdad. Se preguntaban si sería demasiado grande o no cabría por el canal del parto. Mi mente dispersa andaba a esas alturas en la película de Crepúsculo cuando Bella tiene que traer al mundo a su hija vampira que le rompe las costillas. ¿De verdad iba a tener un bebé taaan grande como para ni caber por ahí?? Empezaba a estar muerta de miedo y reventada. La ginecóloga me explicaba una y otra vez que eso no era normal y que yo tenía que haber parido sin más historias para mediodía. Que me quería dar la oportunidad hasta el último momento de tener un parto vía vaginal. Yo pensaba, ilusa de mí, que por qué. Que me hicieran ya la cesárea. Total, si todas las famosas se la hacen. ¡Seguro que era hasta guay!

No recuerdo que hora era cuando, Toni, preso de mi malestar y encontrándose ya nervioso también, insinuó que no entendía por qué me habían inducido; que estaba claro que no estaba de parto. Y fue entonces cuando la gine se sinceró y nos dijo que el día anterior había visto doble vuelta de cordón pero no quiso decirnos nada para no preocuparnos. De hecho estábamos comprobando por nosotros mismos que los monitores indicaban que la bebé no corría peligro y no estaba apretada. Me anunciaron que a las 22 me bajarían a quirófano porque de 3cm no habíamos pasado y ya eran muchas horas. No podía creer que me fueran a hacer una cesárea ni cómo podía estar ocurriendo aquello. A pesar de haberlo deseado durante toda la tarde entré en pánico. Entré en la sala del terror castañeándome los dientes. No podía controlarlos; me temblaba todo. Supliqué que me durmieran entera pero dijeron que no querría perderme el ver a mi niña. "No quiero ver nada, ni oír lo que decís, por favor" Pero como era de esperar no me hicieron caso. Subieron la anestesia y empezaron a cortar con bastante rapidez. El quirófano era un hervidero de gente: matrona, ginecóloga, anestesista, pediatra, enfermeras... No puedo explicar con palabras los minutos que viví allí. Cierto es que no había dolor pero no dejas de notar todo lo que te están haciendo: el corte de la capa externa, las manos entrar dentro de ti y remover todo, el estirar y tirar... El anestesista se colocó detrás de mí y si mi barriga ya estaba hecha unas pascuas la terminó de despachar empujando con todas sus fuerzas para ayudar a sacar a la niña. Eso sí que dolió y me provocó una sensación incomodísima de ahogo. De hecho me puse a gritar como una histérica que no podía respirar. Entonces la escuché. La ginecóloga muy sorprendida empezó a señalar que miraran lo que allí había. "Has estado a punto de romper el vaso esta mañana al romper la bolsa" "¿Lo veis, lo veis?" Pero yo estaba muy aturdida y no entendía nada así que todo mi sufrimiento acabó cuando vi a Claudia alzarse de las manos de alguien y la escuché llorar, llanto al que me uní yo desesperadamente. Lo curioso es que no me salían lágrimas, era un llanto de garganta, de gracias porque estábamos bien y volvería a ver a mi Eugenia. Después de eso solo recuerdo dormitar y vomitar en sueños (que no eran sueños sino algo muy real) y despertar a la 1 de la mañana en reanimación. Un chico y una chica muy jovencitos me asearon y me subieron a la habitación. Allí estaba Toni y mi bebé. El primero llorando de felicidad y según supe después de emoción por el peligro que sin saber, habíamos corrido. La segunda, dormida. Un calco de su hermana mayor a la que ya había conocido por el favor de una empática y generosa enfermera que entendió la necesidad de la pequeña a la que sus abuelos habían desplazado a Granada a las 23 de la noche porque necesitaba ver a su mami y su hermanita. Y yo me había perdido uno de los momentos más especiales de mi vida, el de ver su cara ante el regalo más importante que le daríamos nunca: una compañera para siempre. 

Esa noche no pudimos dormir nada.La conmoción fue muy grande cuando me explicaron los datos médicos del parto. La niña no había sido grande. De hecho solo pesó 2.960 y midió 48 cm. Al parecer había sido el cordón que la tenía enganchada lo que no había permitido que la pobre bajara del todo para posar su cabecita. Y para colofón de fiestas o traca final, el mismo cordón umbilical tenía los vasos sanguíneos al descubierto, es decir, sin estar protegidos por la gelatina de Wharton. Dicha anomalía se conoce como vasa previa y tiene un porcentaje de mortalidad fetal de más del 90%. No hay mal que por bien no venga y el hecho de haber diagnosticado las dos vueltas de cordón previno de un mal muchísimo mayor. Si por un casual la ginecóloga no hubiera visto esas vueltas y hubiera decidido dejar a la naturaleza seguir su curso, yo me habría puesto de parto en casa, en Montefrío, a una hora del hospital y muy probablemente esos vasos sanguíneos se hubieran roto al romper la bolsa con lo que mi pequeña se hubiera desangrado sin tiempo a nada. Incluso fue una fortuna que la matrona no lo rompiera ella misma en su intento de romper la bolsa a primera hora de la mañana. La hemorragia también podría haber sido fatal para mí. La suerte estuvo de nuestro lado y quiso que todo saliera bien. Y como nos dijo la doctora: tenéis a alguien que os cuida desde el cielo. Yo le respondí con los ojos anegados que hay varios y mi pensamiento voló hacia mis abuelos y también hacia mi suegra por la que Eugenia se llama así. A día de hoy mis emociones están más estables pero a veces la miro y no termino de creerme que esté con nosotros.

De la recuperación de la cesárea qué decir. Nada que ver con un parto vaginal. El día siguiente a la operación fue horrible literalmente. No podía ni incorporarme de la cama y la impotencia me ahogaba al no poder atender a la niña. Me resultaba imposible cogerla de la cunita, sentarme para cambiarla... Los dolores se juntaron con los entuertos, me salían cables por todos lados por la sonda, la epidural, el suero y la medicación. Dieta líquida un día completo, semiblanda al siguiente, miedo a ir al baño, lavados de gato totalmente en bolas delante de jóvenes auxiliares, sangrado...Pero pasito a pasito te vas recuperando y hoy me encuentro muy bien, terminado con los pinchazos de heparina, las curas y moviéndome con total desenvoltura por casa y la calle. No creo que vuelva a quedarme embarazada porque mi instinto maternal ya está satisfecho pero sé que si esta hubiera sido mi primera experiencia con la maternidad no habría tenido el valor de enfrentarme a ella de nuevo. Ahora solo toca disfrutar y empezar desde cero con lo que conlleva tener un bebé en casa. No mentiré: es duro. Pero el tiempo, aquel que vuela, lo pone todo en su lugar y compensa enormemente todas las dificultades. 

Comentarios

Entradas populares